Reflexiones tras la muerte de Edmundo Camaná.
Último sobreviviente de la matanza de Lucanamarca

“La memoria no hace referencia al pasado, como suele decirse. La memoria hace referencia al tiempo, la memoria es tiempo, es pasado, en efecto, pero también es presente y futuro. Por ello, la memoria no es nostálgica, porque interviene sobre el presente y aspira a un futuro mejor. La memoria es recuerdo del pasado, crítica del presente y esperanza de un futuro justo”. Joan – Carles Melich.

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Edmundo Camaná, sobreviviente de la matanza de Lucanamarca y foto emblema de la exposición fotográfica de la CVR. Foto: Oscar Medrano

Enterarme de la muerte de Edmundo Camaná me ubica en el tiempo. Miro a la izquierda e imagino a este hombre intentando escapar de una muerte segura. Un pueblo cercado para ser ejemplo de lo que se hace con “poblaciones desafiantes”. En medio de la plaza machetazos en cuerpos y almas. El desafío había sido simplemente querer vivir en paz. La acción de Sendero, matar a 69 personas, hombres, madres y niños. Lugar: Lucanamarca, Ayacucho. Eran las 4 de la tarde el 4 de Abril de 1983.

Ahora miro a la derecha y veo borroso. La muerte de Edmundo Camaná abre la brecha para un hecho antiguo que nos atrapa distraídos y para una pregunta nueva. Los sobrevivientes también mueren. ¿Cómo se recuerda cuando el que recuerda ya no está más?

Ante la realidad de que las víctimas mortales y los desaparecidos no se puedan sentar a la mesa a contar lo que recuerdan, nos quedan siempre los testigos como Edmundo Camaná y de ellos quiero hablar hoy.

Mi pregunta girará en torno a algunas formas en las que puede darse el testimonio y a partir de ello, cuál es el tipo de relación que podemos entablar con el testigo. En otras palabras, por qué la fotografía de Edmundo Camaná ya es testimonio y cómo es que quienes observamos atentos nos convertimos en interlocutores desplegando una acción ética de rasgo muy particular. Esta pregunta cobra especial importancia hoy que abrigamos cierta esperanza de tener un Museo de la Memoria.

Los testigos son personas-memoria. En algunos casos, solo conocen retazos de lo sucedido. Sabe que se los llevaron y que nunca volvieron, sabe que nadie le dio explicaciones las miles de veces que fue a buscarlo, que extraña a su padre, a su madre o a su hijo, sabe que no debería seguir esperando pero sin los cuerpos de los que ama esta se convierte en un historia sin fin.

En otros casos, es el propio cuerpo el que nos cuenta la historia, él mismo la porta y nos muestra las cicatrices como pruebas de que sigue vivo y de que una guerra tuvo lugar en el espacio delimitado por su propia piel. Como bien dice Eugènia Vilela, estos cuerpos que fueron los campos de batalla, aún orgánicamente enteros, afirman materialmente la memoria (…) estos hombres dan cuerpo al dolor. Este era el caso de Edmundo Camaná, único sobreviviente hasta hace poco vivo tras la matanza de Lucanamarca.

Las personas-memoria dan testimonio de maneras diferentes. Primo Levi y Robert Antelme, sobrevivientes de Auschwitz y Buchenwald, nos dejan su testimonio de manera escrita en narraciones como “Si esto es un hombre” y “La especie humana”. En este caso hay que tomar en cuenta que ambos, previamente al infierno, siguieron estudios en la universidad y pertenecieron a una clase letrada que les permitió volcar su inenarrable experiencia en palabras escritas. De los 650 judíos italianos de su “remesa”, Levi fue uno de los 20 supervivientes que dejó vivo Auschwitz.

Existen otros casos, como nos recuerda el fotógrafo James Nachtwey, en los que el testimonio se expresa en la voluntad de lo físico, en un “dejarse ver” a condición de que el mensaje llegue a algún lugar, de que alguien escuche mirando. Cuando testigos y víctimas se dejan preguntar por la máquina fotográfica, ellos responden con un “mírame”. He ahí una de las dimensiones más poderosas de la fotografía.

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Hutu sobreviviente. En el año 1994, durante un lapso de tres meses, más de 800,000 personas pertenecientes a la etnia Tutsi y Hutus moderados en Rwanda  fueron asesinadas por milicias Hutu después de que uno de sus líderes fuera asesinado. Foto: J. Nachtway.

En cualquiera de los casos, gracias al cuerpo o a la palabra, el testimonio no tiene forma de diálogo aunque sí hay un implícito “decir algo para ser escuchado”. Sin importar que se trate de un testimonio escrito o del cuerpo expuesto fotográficamente, cuando hablamos de testimonio hablamos de una relación de a dos, en la que una de las partes dice algo a la otra y esta última responde en forma de escucha.

La respuesta al testigo que nos dice (con palabras o cuerpo) se inicia con la atención entregada por quienes somos interpelados. Responder en este ámbito es escuchar. Escuchar para ver mejor supone cambios profundos.-nos dice Pérez Tapias al referirse a la problemática de la comunicación en la cultura digital- En el fondo se trata de salir de la posición encastillada del sujeto soberano que todo lo mira desde lo alto, para ubicarse en la posición sin privilegios del sujeto hospitalario que acoge, empezando por el recibimiento respecto al otro que le interpela .

Ante tanta elaboración que ha habido en los últimos tiempos en torno a los usos de la memoria para no repetir los errores del pasado en el futuro, habría que recordar que a nosotros, los interpelados por la radicalidad del testimonio, en primera instancia, no se nos pide nada más que una actitud compasiva frente al testimonio. Por su parte, el testigo nos hace un regalo, permitirnos formar parte de algo nuevo, incorporándonos como eslabón en la cadena que recuerda una injusticia .

La escucha atenta supone por definición una actitud de entrega desinteresada -o interesada en el otro, según como se vea- para con el otro. Sin diferenciar entre palabras o imágenes, el que dice su testimonio vuelca su experiencia en el silencio de quien escucha y este último contiene cada elemento en el recipiente que es la atención entregada. De este modo, quien dice y quien acoge con la escucha se unen en una relación de reciprocidad que, si bien no es dialógica ni simétrica, otorga un rol y valor específicos a quienes participan. El testigo entrega al que escucha la posibilidad de formar parte de esto que hemos llamado la cadena que recuerda la injusticia y el que lo escucha, acepta formar parte, entregándole su interés, pasando de la indiferencia a la deferencia. Es esta una relación ética.

Sin embargo, interesarse por el otro no es cosa natural como bien nos dice Margalit, sino que es consecuencia del sentimiento de pertenencia a una causa mayor que tiene lugar al momento del testimonio: la de mantener la vigencia del recuerdo de la injusticia en el tiempo y responder activamente a la acción de la violencia en el presente.

El testimonio hecho palabra o imagen es respuesta valiente que se pone frente a la violencia y la desenmascara estando presente en ese mismo instante. La víctima, a través del testimonio, hace un gran esfuerzo de entrega: dice lo indecible, confiesa lo inconfesable, confía después del horror. Es como si se le pidiera siempre hacer uso de sus facultades más anémicas. La palabra del testigo es tránsito entre pasado y futuro, es puente por el que el testigo camina lentamente cargando el gran peso de los hechos vividos, los huesos invisibles de las víctimas. Y en algún momento de su testimonio se apoyará en una baranda para tomar un respiro, pero no dejará de cargar hasta el final del puente en donde espera que alguien, o quizás todos, con una caricia, lo acojamos y lo ayudemos para siempre a llevar el peso de los muertos. Ahí empieza el futuro, recién pensamos en justicia. El testigo puede empezar a olvidar.

Edmundo Camaná ha muerto dejándonos sin tiempo para permitirle olvidar. A estas alturas, señala responsables pero no de su propia muerte sino de la vigencia del recuerdo. Su muerte nos ubica nuevamente en el tiempo donde las tragedias suceden y se suceden, donde los sobrevivientes también mueren, donde la ética trasciende el presente y nos hace responsables del pasado y del futuro, de hablar de quiénes fueron nuestros muertos a los que aún están por llegar.

A pesar de que la palabra Lucanamarca puede sonar familiar a muchos, pocos sabemos lo que realmente sucedió ahí: una columna de 60 senderistas ingresó en las primeras horas de la mañana en Yanaccoolpa y las comunidades vecinas, asesinando a 27 campesinos con armas de fuego, piedras y hachas. La mayoría fueron decapitados. A las 4 de la tarde irrumpieron en Lucanamarca. No hubo piedad para nadie ni contemplaciones para embarazadas, ancianas y enfermas. El pánico se desató entre los sobrevivientes que subieron al cerro Calvario y, desesperados por los gritos de sus familiares, intentaron repeler el ataque con hondas pero fueron arrasados con disparos de fusil y ráfagas de metralleta.

En la plaza pública, los terroristas separaron a los hombres, mujeres y niños. Los varones fueron obligados a tenderse en el piso frente a la iglesia, y los asesinaron con hachas, machetes, piedras y armas de fuego, mientras daban vivas a Sendero Luminoso. Cuando los asesinos se alistaban a continuar la masacre con otro grupo de campesinos, el niño Epifanio Quispe Tacas, gritó a todo pulmón que venían los militares, desde el techo de su casa. Una mentira que salvaría a decenas de aterrorizados comuneros. Los senderistas emprendieron la fuga, saqueando y quemando el local municipal, la oficina de correos, viviendas y tiendas. (La descripción de los hechos es un breve resumen de http://lanenaindiscreta.blogspot.com/2006/10/la-matanza-de-lucanamarca.html)

El sábado 4 de abril, a las cuatro de la tarde se cumplen 26 años de este terrible hecho que ahora que conocemos, seremos capaces de recordar. He ahí la dimensión ética de la memoria.

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4 Responses to “¿quién recuerda cuando los que recuerdan ya no están?”


  1. 1 luisa
    junio 3, 2011 en 2:59 pm

    NO quiero recordar ……llegan a mi mente imagines de todo tipo de esos años que dberion ser maravillosos como recien universitaria que era, pero se convirtieron en un calvario de bombas, apagones, recortes de agua, toque de queda.

    recuerdo ir en mi auto por la avda javier prado rezando para que lo semaforos no se pusieran en rojo y no tuviera que parar , llegaba tarde y mi mama y hermana estarian preocupadas, un dia llegue tarde y las encontre arrodilladas llorando…….que dificil era eso Dios mio.

    oigo pero no quiero oir bombas tras bomba, ambulancias, bomberos van a Miraflores, yo vivo en san Isidro, las imagenes son confusas, veo la Tv, salen imagenes que mi cerebro ya archivo, un padre gritando “donde esta mi hija” un grito desgarrador….llegaba a comprender a mis 18 años el dolor de ese hombre buscando a su hija ? NO , No lo entendia, ahora que soy mama puedo imaginar lo que sentia ese padre, ese dolor por dentro de sufrir por los hijos…

    recuerdos confusos , gritos, deseperacion, horror por las noticias , cuantas cosas para olvidar , para pasar pagina, para que no se repitan y que mis hijos nunca tengan que Olvidar.

  2. 2 gloria
    septiembre 7, 2009 en 10:35 pm

    recordamos los que quedamos,los que buscamos la justicia.los que no olvidamos,los que cada dia y en cada cosa nos cuestionamos los actos y todas y cada una de las cosas que ocurren a nuestro alrededor politica y socialmente,los que sin odiar y sin olvidar buscamos la paz,los que nos emocionamos y somos capaces de llorar con estas cosas

  3. 3 Xaviera
    marzo 30, 2009 en 4:40 am

    Estimada Sandra:
    He terminado de leer tu articulo con lagrimas. Recordando con tristeza como entre peruanos nos hemos hecho tanto dano por nada.
    Edmundo Camana ya no esta aca, pero su fotografia es el simbolo de toda una epoca que todos recordamos – aunque algunos no quieran admitir lo que paso -.
    Muchas gracias por seguir refrescandonos la memorira.

  4. 4 Daniela S.
    marzo 30, 2009 en 3:11 am

    Gracias por iniciarme en esta memoria.


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